A propósito de mi reflexión anterior...
Quizás ayer, haciéndome el tremendista, se me escapó un poco el asunto de las manos. La cuestión no era tanto avistar mi propia muerte como analizar la reacción de las personas que me rodean. Tan sólo intentaba entrever que se puede desaparecer del panorama de muy diversos modos. Y lo más hermoso, aunque triste, es superar la ausencia del que se quitó de en medio lo más pronto posible. Esto es, lo que yo he ofrecido aporta recuerdos, pero ningún tren se va a parar ya por mi porque la vida sigue y toda ausencia puede suplirse con algo. El dolor en el alma que provoca esto debe superarse cuanto antes, porque no conduce a nada bueno y tan sólo está alimentado por la egolatría y el narcisismo que todos tenemos en lo más profundo de nuestro ser. Es esa egolatría que nos impulsa a comer cada día por sustentar la que creemos valiosa existencia. Ese narcisismo que nos empuja a hablar por sentirnos escuchados más que por escucharnos a nosotros mismos. Y cuando se cree que se ha superado en un ámbito, siempre vuelve a reaparecer en otro. Tan sólo la muerte nos confiere la humildad de sentirnos todos plenamente bajo el mismo rasero.
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